experiencias y reflexiones sobre los sistemas sociales

Recibo un folleto de coaching enviado por ICF España en el que se promociona la I Semana de Coaching. Aprovecho para hacer algunas reflexiones sobre contenidos del folleto.

En el folleto se dice que “el coaching es un proceso destinado a potenciar fortalezas y a disolver obstáculos para alcanzar un objetivo, profesional o personal”.

La primera reflexión es que mis supervisores me vienen enseñando que al proceso de coaching se viene a trabajar la imperfección y no la fortaleza. Esta última define lo que uno hace bien o en lo que uno ya es fuerte ¿Para qué potenciar a un directivo en lo que ya es fuerte? ¿Qué más puede hacer un coach por aquello que un directivo ya hace bien o muy bien?

La segunda reflexión que me hago es: ¿Por qué nos resulta tan negativo o tan crítico hablar de disfunción o de imperfección? Puedo entender que el directivo sienta vergüenza a tener que pedir ayuda a un coach. Mis supervisores me vienen enseñando que los mejores profesionales son los que toman conciencia y trabajan en su imperfección. Los directivos más competentes son aquellos que integran su incompetencia, no aquellos que la niegan. Esto es fácil de comprobar en los procesos de coaching: progresa aquel directivo que pone el foco en su imperfección o incompetencia. Y como es un progreso fino requiere del recurso de un coach. Como coach, yo también tengo que trabajar mis imperfecciones y para no incurrir en un fraude ante mis clientes dedico 8 horas mensuales a supervisión.

La tercera reflexión es más de orden filosófico: ¿Qué es la norma cuando somos incapaces de hablar de disfunción? ¿Cómo definimos el bien cuando nos sentimos incapaces de definir el mal? Hay un vocabulario en el management que busca acariciar al directivo en el sentido del pelo. Esta seducción es un argumento de marketing. Cuando la norma queda desvinculada de la imperfección o de la disfunción solo podemos referirnos a la norma desde esa “potenciación” que tanto venimos hablando. Lo que conseguimos con este enfoque de “potenciar la fortaleza” o de “potenciar lo ya potente” es tratar al directivo como una tecnología. La doctrina que prevalece en nuestras economías es que ser directivo equivale al estado de realización suprema de la persona, es decir, a una especie de norma universal de lo que se entiende por el buen hacer, la realización personal y el éxito. Rara vez se plantea que pueda darse una disfunción, una deformación e incluso una patología en el directivo. Ser directivo equivale entonces a disponer de un salvoconducto o de un estado de gracia para mantener una relación con terceros como plazca. Desde esta concepción de la norma que ignora la posibilidad de disfunción, sólo somos capaces de hablar de lo que le queda al líder para ser aún más omnipotente, omnipresente y omnisciente.

La cuarta reflexión tiene que ver con esta otra frase que viene en el folleto: “El Coaching utiliza recursos de la filosofía, la psicología, el deporte de élite, el management, la neurología y otras disciplinas para liberar el talento que todos tenemos y lograr que lleguemos a ser la mejor versión de nosotros mismos”. Claramente se refiere a algunos de los recursos del coach ¿Y los recursos del directivo? ¿Por qué no se habla de ellos? Esta frase confirma el tratamiento tecnológico que algunos profesionales le vienen dando al proceso. El coach se posiciona como un experto que llega con una caja de herramientas para liberar el talento retenido.

(Resumen y reflexiones a partir de la lectura del libro de Alexander Lowen; La espiritualidad del cuerpo, Edición Paidós, Barcelona, 2011).

Las cuestiones que aborda este libro tienen que ver con la armonía y la salud en la persona. El vínculo entre la espiritualidad y el cuerpo. Entre el cuerpo y la expresión de los sentimientos. Entre la rigidez mental y la rigidez física. Entre la bio-energía y la expresión de los sentimientos. Entre la respiración y la puesta en contacto con los sentimientos.

“El pensamiento oriental ve la espiritualidad como un fenómeno corporal y propio del sentimiento. El occidental la concibe como una función de la mente y la sitúa más cercana a la creencia. Sentir es la vida del cuerpo, así como pensar es la vida de la mente. Uno vive plenamente el presente cuando habita plenamente su cuerpo. La constante atención a lo que pasa por la mente disminuye la sensación de contacto con los demás. La espiritualidad del cuerpo se debilita cuando la mente lógica le impone a la conducta una relación estricta de causa y efecto”.

“Una sociedad industrial está basada en el poder, que comienza como el poder de hacer pero termina como el poder de controlar. Con el poder, la relación del hombre con la naturaleza cambia. El control sustituye la idea de la armonía y la explotación reemplaza al respeto. Tener poder y aspirar a la armonía es contradictorio”.

“La falta de armonía es un fenómeno físico, lo vemos en el modo como la gente se mueve o se detiene. La falta de armonía es una señal de mal-estar en la persona. Todo movimiento armonioso parte de los pies y del suelo”.

“La sensación subjetiva de salud es un sentimiento de animación y deleite en el cuerpo, que aumenta en los momentos de alegría. La gracia y la salud se basan en alcanzar un equilibrio entre el yo y el cuerpo, entre la voluntad y el deseo. Cuanto más elásticos y flexibles somos, más cerca estamos de la salud. Lamentablemente, en nuestra cultura, la voluntad determina gran parte de nuestra actividad en oposición al deseo del cuerpo. El individuo voluntarioso es altivo.  Cuando nos afanamos, perdemos la armonía y el cuerpo se convierte en una máquina. Es imposible disfrutar una actividad si uno se apresura a terminarla de una vez”.

Sobre el vínculo entre los sentimientos y la respiración

“Las emociones son la expresión directa del espíritu de una persona. Las emociones se clasifican por opuestos polares: amor y odio, alegría y tristeza, ira y temor”.

“Las personas de nuestra cultura respiran superficialmente y tienen tendencia a contener el aliento. Es importante tener conciencia de nuestra respiración. Respirar profundamente es sentir profundamente. Cuando no respiramos profundamente, suprimimos ciertos sentimientos asociados con el abdomen (Ej. tristeza). La respiración carga al cuerpo de energía. La energía se recupera descansando, pero es imposible descansar cuando el nivel de energía es bajo”.

“Suprimimos los sentimientos por temor a no poder manejarlos cuando afloran. El grado de supresión de un sentimiento como el de la ira varía en los distintos individuos según la gravedad de la amenaza que ha ocasionado la supresión. La ira suprimida es como un explosivo. Si se suprime la ira, también tiende a decrecer el amor, la tristeza y el temor, aunque no necesariamente en igual grado. Desde el punto de vista energético, el temor debe entenderse como lo opuesto al impulso de la ira”.

“El aumento del nivel básico de energía de un individuo sólo puede efectuarse dándole mayor vitalidad al cuerpo a través de la expresión de los sentimientos. Una falta de vitalidad es siempre el resultado de la supresión de los sentimientos”.

“Casi todos nosotros le tenemos miedo a la tristeza que llevamos dentro. Si una persona tiende a contener los sentimientos, si le resulta difícil llorar, lo más probable es que tenga algún trastorno en la respiración. Si se contienen los sentimientos, también se contendrá el aire, y el pecho probablemente se abombe. Las mujeres que se amoldan a ciertos valores masculinos como los de ser firmes, eficientes y controlar sus sentimientos son tan vulnerables como los varones y también pueden tener el pecho abombado”.

“Nada ayuda tanto a la respiración como el llanto; llorar es nuestro mecanismo primordial para aflojar la tensión”.

Sobre la hiperactividad y la irritabilidad

“Uno de los efectos sorprendentes de la disminución de la energía es un aumento de actividad, generalmente destinada a ganar afecto. Hay que probar todo el rato la valía que uno tiene, decir “no” es admitir el fracaso. Un exagerado afán de probar la propia valía unido a una ira reprimida se traduce en una constante irritabilidad. Una persona con mucha energía no se sobreexcita fácilmente”.

“El problema de salud más común entre las personas de nuestra cultura es la depresión. Para muchos directivos, la ocupación actúa como defensa contra la depresión (“uno tiene que ganarse el amor con el sudor de su frente”)”.

“Lamentablemente, la mayoría de los individuos no se detiene a sentir su cansancio. Al enfrentarse con las presiones de la vida, creen que es una cuestión de supervivencia seguir haciendo lo que han hecho hasta ahora. Sentirse cansados les provoca el profundo temor de que tal vez no puedan continuar la lucha”.

Sobre la tristeza y la rigidez

“La rigidez es una reacción natural tanto al frío físico como a la frialdad emocional. Cuanto más rígido esta el cuerpo, menos sensaciones tiene el individuo y más se asemeja su cuerpo a una máquina. La capacidad de sostener una posición o abandonarla cuando es necesario depende de la flexibilidad. La persona rígida que literalmente no puede retorcerse es también inflexible en sus actitudes. La rigidez es una expresión de la voluntad. Las personas rígidas tienen una fuerte voluntad, pero eso no significa salud. La voluntad le permite a una persona muchas cosas, pero no le permite disfrutarlas. Pese a la aparente integridad que proporciona la rigidez, el individuo tiene una escisión entre la cabeza y el cuerpo, entre pensamientos y sentimientos”.

“Toda persona cuyo espíritu ha sido doblegado retiene una furia suprimida que queda enquistada en la tensión muscular de la parte superior de la espalda y los hombros. La verdadera rigidez abarca toda la espalda, que puede ponerse casi tan dura como una tabla, de la cabeza al sacro. La tensión en los músculos de la espalda está relacionada con la supresión del sentimiento de ira. Expresar la ira produce el efecto de descargar la excitación y permitir que la espalda recupere su posición normal. El individuo cuyo anhelo ha sido aplastado tiene razones de sobra para sentir ira pero le falta la energía necesaria para elevar y mantener ese sentimiento hasta llevarlo a un nivel de intensidad que lo convierte en una fuerza eficaz”.

Sobre el miedo y la desconfianza

“La supresión de un sentimiento hace que se le cobre miedo a ese sentimiento. Y se convierte en un secreto oculto que uno no se atreve a encarar. Cuanto más tiempo permanece oculto, más atemorizador se vuelve”.  

“El problema de la inseguridad es insoluble si el individuo no cobra conciencia de su desarraigo. Estar enraizado es estar conectado con las realidades básicas de la vida: el cuerpo de uno, su sexualidad, las personas con las que mantiene relaciones”.

“La sonrisa estereotipada es la máscara más común que usa la gente. Sirve para ocultar sentimientos de tristeza, ira y temor, y para que al individuo se le identifique como una persona “agradable”. Una sonrisa estereotipada es algo de lo que siempre hay que desconfiar. Los ojos revelan inevitablemente la diferencia entre una sonrisa genuina y una máscara. Es fácil encontrarse con directivos que, a la vez que hablan de pasión, muestran una mirada vacua y sin vitalidad alguna”. 

***

En mi último libro, Esencias del desarrollo directivo (para alguien importante como tú), establezco precisamente un vínculo entre ciertas manifestaciones de la persona y ciertas disfunciones en el ejercicio del rol directivo:

  • Vínculo entre la hiperactividad y el estrés.
  • Vínculo entre la tristeza y la rigidez en el desempeño del rol.
  • Vínculo entre la inseguridad y el exceso de control en el rol.
  • Vínculo entre el fracaso, la preocupación y el desgaste. 

La ansiedad está presente en todas.

  • La ansiedad rescata al directivo de la tristeza y el vacío que siente; paradójicamente por haber suprimido el sentimiento de tristeza.
  • La voluntad (“la fuerza de voluntad”), propia del directivo rígido que ha suprimido sus sentimientos, requiere de ansiedad.
  • La inseguridad está vinculada con el temor (“temor al rechazo…a la agresión del otro…a la humillación…al abuso de poder”) y genera ansiedad, que solamente se atenúa ejerciendo el control sobre los colaboradores. En el temor se da una supresión del sentimiento de ira. 
  • El sentimiento de fracaso pone al directivo en contacto con la tristeza y el miedo (“dejaré de ser reconocido…nadie me querrá…no seré merecedor de amor”), y sale rebotando de ambos desde la ansiedad. Pero si el fracaso persiste, se adentra en la preocupación y el desgaste.

Narcisismo, poder y éxito

(Resumen y reflexiones a partir de la lectura del libro El narcisismo: la enfermedad de nuestro tiempo, de Alexander Lowen, Paidós Psicología Hoy, Barcelona, 2010)

El narcisismo se caracteriza por una ausencia o negación de los sentimientos; la preocupación de la persona narcisista es la imagen de ella misma, los demás le preocupan entre poco y nada. Queda atrapado en la imagen/apariencia, de ahí el mito del reflejo en el espejo o en el agua. El reflejo se corresponde con la imagen idealizada que se vuelve más importante que el YO: ¡me encanta mi imagen, no mi YO!

Cuanto más narcisista es un individuo, menos se identifica con sus sentimientos, de ahí su disposición a la depresión y a la sensación de vacío. Su objetivo es ser “frío”. El cuerpo se vuelve un instrumento al servicio de la mente; cuanto más se aferra a su imagen, menos le gusta su cuerpo.   

El narcisista tiene una mente aguda y alerta, actúa con frialdad emocional, hace muestras de arrogancia y de prepotencia. Su ambición puede ser desmedida, se siente excepcional, hay una ausencia de autocontención en su forma de responder a personas y situaciones, tiene fantasías de grandiosidad, llega a creerse el mejor.

Depende de la admiración y exclamación externa, por eso necesita siempre un público que le aplauda, o de consortes que le alaben y le hagan sentirse un ser especial. Sin ellos su ego se desinfla. Todas estas demostraciones actúan de parachoques contra la depresión.

El vínculo entre el narcisismo y el desempeño del rol directivo es crucial.

  • El éxito hincha el ego del directivo. Cuanto más se infla su ego, más se confunde con su rol, hasta el extremo de que solo es capaz de presentarse en sociedad desde el rol. El directivo secuestrado por su rol se vuelve disfuncional y tarde o temprano se derrumba la fachada.
  • Numerosos directivos(as) que conocen el éxito tienen descuidado su cuerpo (sobrepeso, rigidez muscular, síntomas somáticos, hipertensión, etc.). Para el narcisista el cuerpo se vuelve un instrumento, no atiende a sus necesidades porque se vuelve insensible al mismo. Todo ello se traduce en una erosión progresiva de su energía, que necesitan compensar con estimulantes. Cuanto más tarda el directivo en tomar contacto con su cuerpo, más irreversible resulta regenerar su energía.
  • La expresión de los sentimientos en los individuos narcisistas suele tomar dos formas: la rabia y la sensiblería o sentimentalismo. Ninguno de ellos expresa sensibilidad por los demás.
  • La insensibilidad que va caracterizando el desempeño del rol se traslada a su vida familiar. Ansían amar y ser amados pero son herméticos en la expresión de sus sentimientos. Se vuelven rígidos, duros y poco cercanos a los suyos. A veces se abandonan en actitudes y prácticas infantiles.
  • El narcisista necesita del poder como el hambre el comer. El poder otorga estatus pero también genera temor ante terceros. Llega a mentir o engañar si ello le ayuda a progresar hacia el poder. Ejerce el poder desde un control compulsivo de los demás. El poder y el control le aseguran de que el otro no tenga poder sobre él, y sobre todo le protegen de posibles humillaciones, porque su imagen de grandeza esconde un sentimiento interior de inadecuación (impostura).

(Resumen y reflexiones a partir de la lectura del libro Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo, de Bárbara Ehrenreich, Turner Edición, Madrid, 2011).

Hablar del pensamiento positivo en tiempos de tristeza y depresión económica es como hablar del amor en los tiempos del cólera, o de comidas de ensueño en tiempos de hambre.

Para quien anduvo despistado en las clases de historia, recordaré que la ética calvinista predicaba mensajes del estilo “trabaja duro para curarte del pecado y ser feliz…trabaja para salvarte…tu valía depende de las horas dedicadas al trabajo…a los que no trabajan habría que aplicarles la ley de vagos y maleantes”. El calvinismo que imperó hasta mitad del siglo XIX tenía a la sociedad americana sumida en la depresión religiosa obligatoria (“mandatory”), cargaba a las personas de culpabilidad, melancolía, angustia y opresión; era mal visto estar ocioso, reírse, cantar e incluso hacer el amor; la etno-psiquiatría diría que la neurastenia fue la enfermedad social de la época. La ética protestante predicaba los valores del esfuerzo, la disciplina, la fortaleza y la austeridad.

El pensamiento positivo emerge en los EE.UU. en el último tercio del siglo XIX como una reacción contra el patrón masculino-patriarcal presente en la ética calvinista y protestante, que ocupaban todos los ámbitos de la sociedad. El llamado nuevo cristianismo toma protagonismo, coincidiendo con el desarrollo de la economía americana y la amplitud de posibilidades que esta ofrecía; su patrón es más femenino-matriarcal y sus mensajes son: “desarrolla el poder sin límite de tu espíritu…la enfermedad se cura con el poder de la mente…ámate…expándete…triunfa”; con el nuevo cristianismo todo el mundo podía equipararse a un Dios. El mundo deja de ser un mundo hostil para pasar a ser un mundo de oportunidades: “si no las aprovechas es por tu culpa…las cosas serán lo que tú quieras que sean…tan solo tienes que imaginártelo…la conciencia hace la realidad…la mente crea el universo”. Estas son las frases con las que se construye el sueño americano en la primera mitad del siglo XX. 

La eclosión del pensamiento positivo tiene lugar a partir de la segunda mitad del siglo XX, con ramificaciones en todos los ámbitos de la sociedad (económico, social, religioso y político). Y por supuesto, con su expansión internacional: numerosos autores y conferenciantes en España han hecho caja en los últimos veinte años vendiendo el bienestar del pensamiento positivo, versión tortilla española. Su credo ha venido siendo el optimismo, las emociones positivas, el bienestar, la buena suerte, el misticismo, la energía positiva o la inteligencia emocional. Ya entrados en el siglo XXI, las recetas vienen derivando hacia nuevas marcas comerciales como la espiritualidad, la conciencia plena o la expansión de la conciencia.

La autora señala que poco a poco el pensamiento positivo se vuelve una ideología al servicio de la productividad, el resultado y la obsesión por trabajo, siguiendo los preceptos del calvinismo, todo ello para conseguir la redención. Los defensores de esta ideología tuvieron fantasías de convertirla en ciencia, en la única verdad posible, en línea con la más clara aspiración absolutista; durante años se habló del pensamiento único. Hubo quienes trataron de vincular el pensamiento positivo con la física cuántica. Lo hicieron a golpe de dólares pagados por fundaciones e instituciones privadas a investigadores para que pudiesen mostrar “estudios científicos concluyentes”. Toda la responsabilidad por estas conductas positivas recae en el individuo: “él es el único responsable de su felicidad…él tiene que cuidar sus emociones…él tiene que trabajar su persuasión personal…él tiene que enriquecer su espíritu”. Con el pensamiento positivo aparece la ley de la atracción que dice que “todo aquello que desees lo conseguirás por el hecho de mostrar un fuerte deseo y una actitud positiva”, digamos que uno atrae aquello que desea con toda la fuerza del mundo. A cambio, para conseguir todo eso, hay que trabajar duramente y sacrificarse.

La ideología del pensamiento positivo afirma que hay que alejarse de los tristes, los críticos, los pesimistas y los agoreros; en general, aquellos que no se alinean con la “línea oficial”, que no nos transmiten buen rollo y que anticipan un futuro peor. Numerosas empresas han condenado al ostracismo a directivos y empleados por no mostrar este lado positivo acorde con la ideología dominante; muchos fueron incluso despedidos. Por el contrario, numerosos directivos hicieron carrera en las multinacionales americanas a base de comprender los implícitos de esta ideología; los perfiles llamados “smart”, “nice” o “positive” han sido muy apreciados. El pensamiento positivo despidió el liderazgo racional y contrató el liderazgo carismático, “inspiracional y motivacional”; el líder tenía que ser un verdadero predicador. Ya no era necesario generar sentido y visión corporativa compartida, tampoco era necesaria la prudencia y el sentido común; bastaba con agitar el mosquero para que produjese miel, generar vibraciones positivas entre los colaboradores para que su adrenalina se disparase. El sentido estaba en conseguir lo que cada uno anhelaba conseguir.

Así es como, según Bárbara E., esta ideología condujo a los americanos a contratar hipotecas basura. Todo el mundo se mentía, pero como eran positivos por ideología se creían sus propias mentiras. Todos entraron riendo y cantando en la hecatombe, como el Titanic zozobró mientras la gente seguía bebiendo y bailando. Otro tanto sucedió con la ideología del antiguo imperio soviético: todo el mundo se mentía sobre las producciones agrícolas, los logros industriales o los deportivos, todo el mundo mostraba positivismo ante los credos del comunismo; hasta que el imperio se resquebrajó.

En términos económicos, el pensamiento positivo representa un mercado mundial de muchos miles de millones de euros anuales de ingresos directos; y de muchos miles más de ingresos indirectos: un economista se atrevió a señalar la transferencia significativa de riqueza que ha tenido lugar de las clases medias y obreras hacia las clases ricas (al igual que está sucediendo ahora en las economías BRICs). El mercado de ingresos directos se reparte entre los siguientes segmentos:

  • El mercado de la psicología positiva, muy vinculado a la formación universitaria, a las escuelas de negocios, la formación en motivación de ejecutivos, la inteligencia emocional y las arengas colectivas en anfiteatros para estimular la asertividad.
  • El mercado de la autoayuda (libros, CDs, DVDs, webinars, etc.); este es con toda seguridad el segmento editorial que más ha crecido en los últimos 25 años. A nivel empresarial, está su equivalente el segmento del “soft business”, con sus recetas sencillas de éxito; buena parte de las publicaciones de management en estos años se ubican en este segmento. A nivel personal, está también el mercado del crecimiento personal, con sus terapias, su chamanismo y sus éxtasis emocionales colectivos.
  • El mercado de las iglesias evangélicas y pentecostistas, con su marketing arrollador, sus expertos predicadores, canales de televisión, radios, publicaciones best seller, colectas entre feligreses, donaciones y venta de objetos para no perder contacto con el optimismo y la felicidad.  
  • El mercado del coaching positivista-conductista, en el cual incluyo las corrientes PNL, con sus visualizaciones de las metas personales a conseguir, sus reprogramaciones y sus persuasiones.
  • El mercado del management, con sus gurús, sus predicadores de congresos y sus vendedores de positivismo empaquetado, a base de elixires de buena suerte, optimismo y sensaciones de fluidez. (Alguna vez escribiré sobre nuestros gurús nacionales y su doctrina del pensamiento positivo).
  • El mercado de la droga oficial, con sus antidepresivos, ansiolíticos, anfetas, complejos estimulantes y demás medicamentos para “estar a tope” las 24 horas del día, 365 días al año. Y el mercado de la droga prohibida, con sus rayas de coca para “estar de subidón”, que es la única manera oficial de estar.
  • El mercado del fitness y del wellness, con todas las derivaciones del cuidado corporal, incluyendo el Spa, para estar bien emocionalmente, “porque yo lo valgo”.
  • Cierto segmento del mercado de las neurociencias, especialmente aquel que intenta establecer vínculos causales simples entre el funcionamiento cerebral y el pensamiento positivo.

Todo este mercado del pensamiento positivo está convulso en estos momentos.

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