experiencias y reflexiones sobre los sistemas sociales

En la mayoría de las reuniones de trabajo en grupo (o de las interacciones ordinarias) se hace presente el problema. Se entiende que es necesario ponerle palabras al mismo para tratar de buscarle una solución, que a menudo debería ser consensuada. Desde mi experiencia en procesos de desarrollo directivo y en procesos de desarrollo organizativo, comparto algunas experiencias e interpretaciones sistémicas relativas al “puñetero problema”.

  • “El” problema acrecienta la dinámica circular en el grupo (contraria a la dinámica vectorial del cambio), lo que comúnmente entendemos como “girar alrededor del problema” o “dar vueltas alrededor del problema” (1). Todos hemos tenido (o asistido a) conversaciones en las que las partes repiten de forma iterativa cuál es “el” problema o “su” versión del problema. Mi interpretación es que las personas quedamos atrapadas en una emoción que nos impide progresar. Para salir de esta circularidad a menudo tenemos que cambiar primero la emoción, y desde esta la dinámica de la relación entre los allí presentes.
  • El problema ya representa en sí mismo una forma de solución. Esta interpretación resulta bastante contra-intuitiva: ¿cómo puede un problema transformarse también en solución? ¿Cómo puede un problema ser A y también no-A? Aquí interviene una dinámica causal compleja propia de los sistemas humanos. Significa esto que a un grupo puede resultarle más cómodo hablar “del” problema que de “la” solución al mismo, la cual conlleva una capacidad, una responsabilidad, y un compromiso a menudo en forma de resultado cuantificable a lograr, de ahí que el propio problema represente en sí mismo la solución. Dicho en otras palabras: el problema nos reconforta en la certeza y en cierta comodidad con respecto a la solución, la cual nos confronta con la incomodidad y la incertidumbre. El problema representa una especie de límite imaginario que nos resulta conocido. En cambio, la solución está más allá de ese límite y sin duda nos conducirá a un nuevo problema para el cual quizás no tengamos solución. No es la solución del actual problema la que nos confronta con una fantasía de desintegración, sino la solución al problema que emergerá cuando resolvamos el actual. Luego más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Esta interpretación invalida el dicho popular que afirma que “o formas parte del problema, o de la solución”, ya que el problema es la solución o, mejor aun, la solución es el problema.
  • El problema puede representar una forma de ejercer el poder de un individuo sobre el resto del grupo (“yo digo cual es el problema…yo tengo legitimidad para señalar cuál es el problema”). Cada vez que un miembro del grupo señala a los demás cuál es “el” problema, éste les está señalando un origen o causa primera de lo que no va, les impone “su” causa definitiva, lo que les obliga a abandonar todas las demás versiones. Pero como nadie en el grupo quiere abandonar “su” problema, para que el otro no le imponga “su” problema, el grupo se enrosca de manera infinita en juicios y enunciados “del” problema: el problema del siguiente se constituye en solución al problema del precedente, este es un bucle sistémico habitual. Esta dinámica puede resultar gran consumidora de tiempo y de energía en las reuniones.
  • Hay culturas sociales y/o corporativas que suelen abordar sus relaciones en términos de “problemas” (2) , es decir, desde la “creencia en la verdad objetiva de sus problemas”. La dilución de mecanismos externos de reconocimiento, acrecienta la demanda de reconocimiento de las personas desde “el” avance del problema, cualquier medio es bueno para obtener reconocimiento. La reunión puede transcurrir durante horas intercambiando juicios y enunciados sobre “cuál” es el problema. Cuando en el grupo se da un déficit de visión compartida sobre el negocio, el problema rueda hasta que éste opta por una solución parcial, a modo de parche, y más bien benévola, que hará que el problema vuelva a reaparecer más adelante. El aprendizaje y/o desarrollo organizativo pasa por ayudar a tomar conciencia de esta forma cultural de proceder.
  • El problema, desde esa estructura circular e iterativa que vengo señalando, representa una protección para quien lo presenta una y otra vez ¿Contra qué nos protege exactamente? Contra nuestra fantasía de incompetencia (“mientras exista este problema, puedo razonar por qué no me muestro responsable y competente”). La solución como ya indiqué nos expone a tener que mostrar una capacidad, una responsabilidad y un compromiso con uno mismo y con los demás (“¿sabré yo mostrarme capaz en esa nueva forma de hacer que estamos acordando?”).

(1) De ahí la importancia de trabajar, como facilitador o acompañador, desde la observación e interpretación de dos temporalidades: la circular o iterativa, y la vectorial o progresiva.

(2) Por cierto, esta forma de la relación suele ser invisible para los analistas de la cultura corporativa.

Portada_el sentido compartido_17x24cmIndice_ el sentido compartido

El tiovivo de la eficiencia infinita gira para mejorar el posicionamiento de la marca y el beneficio corporativo. Los líderes desean que los colaboradores se comprometan como si estuviesen jugando.

Los colaboradores desean que sus líderes les permitan soñar compartiendo la visión, colaborando en la transformación del negocio, y desarrollando los estados de la relación con los clientes.

Los clientes desean que las propuestas de valor que reciben de sus proveedores o de sus socios se ajusten a la promesa que se les hace.

Eso es lo que está en juego.

El tiovivo del sentido compartido gira para compartir sueños futuros, para transformar el negocio presente, y para mejorar el estado de la relación con cada cliente.

Eso también está en juego.

El sentido compartido_minilibro_definitivo

 

Si aspiramos a subir a la cima de la eficiencia, la competitividad, el éxito y el reconocimiento social, tenemos que elegir bien nuestros compañeros de viaje y nuestros sherpas.

Necesitamos verdaderos depredadores que se coman el mundo: leones y tigres que den buenos zarpazos, tiburones con dientes que destrocen, lobos y hienas que cacen en manada, águilas que vean de lejos, y algún que otro buitre carroñero para que limpie los cadáveres que vamos dejando en nuestra carrera antropológica. También necesitamos monstruos que escupan fuego por la boca, animales que nos sirvan para husmear bien el mercado, zorras que ataquen los gallineros de la competencia, bestias con olfato para oler la miel de lejos, que busquen bajo las piedras, separen la paja del grano, trabajen como hormiguitas o les saquen las hieles a los rivales. Queremos gente que despunte, que destaque, sobresalga y apunte maneras. Gente brillante, que tenga un coco privilegiado, que demuestre una gran lucidez y que sea muy clarividente. Gente que las vea venir de lejos y las cace al vuelo.

El proceso de selección es clave ¡No todo el mundo vale! Hay varios montones de candidatos a descartar.

El primer montón a descartar es el de los débiles, los lentos, los torpes, los patosos, los renqueantes, los pelmas, los pesados, los arrastraos, los inaguantables, los retorcidos, los insoportables, los retrasados, los “quejicas”, los pasotas, los enclenques y los enfermizos. Todos constituyen una verdadera amenaza para la ascensión. No podemos depender de esa tropa de desvalidos, nos generan un sentimiento de vulnerabilidad. Sentiremos angustia viendo que el tiempo pasa y no avancemos lo suficiente. Unos porque van pisando huevos, otros porque van arrastrando los pies, otros se distraen con una mosca, no paran de quejarse o van soñando despiertos. ¡Vaya ganado! Dan ganas de echarse a llorar.

Un segundo montón a descartar es el de aquellos que se muestran poco claros, los volátiles, los etéreos, los imprecisos, o los que vuelan bajo y no tienen el nivel suficiente. Están los que no dan la talla, los que no están a la altura de las circunstancias, los que tiran la piedra y esconden la mano, los “cortaos” que parecen una mitad, los que les queda grande el asiento que parece que encogieron en el primer programa de lavado, los mediocres que no mejoran ni metiéndolos en un acelerador de partículas, los que no tienen más de dos dedos de frente, los que dan un electroencefalograma plano, los que tiene una cabeza de mosquito, los del cráneo hueco, los estrechos, los que tienen su inteligencia en el culo o los cortos de miras que no ven más allá de su nariz. A estos hay que decirles ¡Ya lo siento, qué quieres que te diga! Eres muy poca cosa, tu nivel deja mucho que desear.

El tercer grupeto es el de los espabilados y los listillos que pretenden hacer su propia carrera. Los estiraos, que parecen que viven adelantados, se sienten por encima de los demás y dan la impresión que se han salido de las tablas de mortalidad que usan las aseguradoras. Los polémicos, que se enrollan como persianas con tal de no pegar clavo. Luego están los sobraos, los sabelotodo, los que se creen que los demás hemos nacido ayer mañana, los que piensan que nos hemos caído del burro y creen que nos la van a dar con queso ¿Y qué tal aquellos lumbreras que de forma descarada y sutil pretenden hacernos sombra interponiéndose en nuestra carrera al cielo? ¿Y los que están dispuestos a apagarnos el interruptor para que nos peguemos una leche? ¿U aquellos enteradillos que buscan adelantarnos por la derecha e interponerse entre el Sol y nosotros para eclipsarnos? Todos pretenden quitarnos luz que es como si nos quitasen el oxígeno para subir ¡Lo que nos faltaba! A estos hay que ponerles los pies en el suelo inmediatamente.

Y en el cuarto están los interesados, los pelotas, los aprovechados, los rastreros, los gusanos, los chupópteros, los sangradores, los ladillas, los chupones, los lameculos, los parásitos, las sanguijuelas, los mosca cojonera y los que van metiendo por detrás ¡A nuestras espaldas! Estos pretenden subir a la cima a cuenta de nuestra sangre, sudor y lágrimas ¡Vampiros! ¿Acaso os creéis que me vais a hacer sangrar?

Cuándo por unos y cuándo por otros, nos sentimos más solos que la una en esta carrera antropológica a la cumbre y la luz ¿Qué hacer por ejemplo con los casposos, que parece que van perdiendo materia orgánica de su tejado y la depositan sobre los hombros? ¿A dónde podemos subir con ellos con tantos desprendimientos que nos recuerdan la muerte? ¿Y qué me dicen de los soplapollas? ¿Qué hacemos por otro lado con los esquivos, los huidizos y los escurridizos? ¿Acaso alguien los quiere en su carrera antropológica? No nos sirven ni para despistar a nuestros rivales; son como las cucarachas que se zafan por los resquicios, son de los que se esconden en los retretes, se encierran en los archivos, se bajan a fumar un cigarrito a la calle cada cuarto de hora, tienen una reunión en la otra esquina del edificio, se escaquean como bellacos diciendo que tienen mucho que hacer, dicen que vienen acatarrados para que se les perdone y se les apunte al parte diario de exculpados de la carrera, llevan un parte de baja interior, sin haber ido al médico de cabecera ¿Qué hacemos también con los correveidile, los cuentistas, los chismosos, los lengua de trapo o los que se les ve el plumero de buenas a primeras? ¿Y qué tal los teóricos, los filosóficos y los genéticamente modificados auto-denominados antroposóficos? ¡Más vale ir solo que mal acompañado!

Suma y sigue: Los que están verdes, los que son grises, los coleccionistas de trienios, los aspirantes a liberados, los quemaos, las que les entran una jaqueca de muerte cuando andan con la regla, los que vienen enchufaos y por supuesto los piraos ¡Joder! Vaya sectas. Unos porque se pasan, otros porque no llegan. Luego dicen que la cosa anda mal, que no hay trabajo y que no se crea empleo.

(dedicado a una amiga paisa en su cumpleaños).

¿Hace el lenguaje la realidad? ¿Reflejan bien las palabras la experiencia que está teniendo lugar? ¿Captura el lenguaje toda nuestra experiencia vital? ¿Aporta sentido o más bien vacía de sentido ciertas experiencias? Algunos de mis amigos me dicen que (por momentos) puedo ser muy reflexivo, lo que para ellos significa que me alejo de la acción (¡craso error de juicio!). Cómo estará nuestra sociedad para que reflexionar sea catalogado como “teórico” o “filosófico”.

Dos figuras de la retórica captan mi atención -el oxímoron y la repetición- por oírlas a menudo en agentes emergentes, creadores de nuevas realidades/tendencias generadoras de sentido para otros muchos. Los emergentes son los primeros que asoman la cabeza, sacan la patita, abren el pico y sacan el ala; el resto de la selva despierta después. El negocio de la emergencia y de la originalidad es muy importante en nuestras sociedades, a menudo da más de comer al ego que al estómago.

A veces, las palabras vienen huecas, no por ponerlas más decorado generan sentido. Cuando van perdiendo su “verdadero sentido” se van sirviendo con una guarnición de epítetos que pretenden servir de muletas. Y otras vienen cargadas de sentido. Vayamos al mercado de las palabras.

  • Inversión de futuro: esta es una repetición que encanta a políticos y tecnócratas franceses. Este maridaje se vuelve habitual en un país que por otro lado ha malgastado mucho dinero del contribuyente ¿Acaso hay inversiones que podrían no tener una connotación de futuro? Pregunto. Que me expliquen. Esta suma sólo sirve para vaciar de sentido aquello que representa una inversión.
  • Política activa: esta repetición encanta a los políticos españoles, sobre todo aquellos que están en el poder, sean del color que sean. El campo donde más se viene sembrando es en las políticas de empleo. Este maridaje es habitual en un país que tiene un 26% de desempleo ¿Acaso cabe darse una política “inactiva” de empleo? ¿Va acompañada esta repetición de una sobre-promesa hecha al ciudadano, para compensar su incredulidad?
  • Cambio transformacional: esta repetición es el mantra y la pacha mama de los consultores, que desean poner doble dosis de todo para hacerse creíbles. Desde ella, anuncian el proceso y el resultado, la gallina y el huevo ¿Acaso no conduce el cambio una transformación? A los consultores nos encantan los turbo-palabros con varios cilindros; por ejemplo, últimamente se nos cae la baba con la “innovación disruptiva”, que es como la hija de la gran chingada, o también hablamos del “proceso singular”, que es algo tan único que ni siquiera llega a la serie limitada: “no me pidas que te lo repita porque no me sale dos veces igual”.
  •  Optimismo moderado: este no sé si llega al oxímoron. También gusta a los políticos y a los tecnócratas que tratan de ver el vaso medio lleno cuando el grifo está cerrado y no suelta ni gota. Suena a entusiasmo contenido, a orgasmo asfixiado, a “ponte serio que te están mirando”, o a “no se lo cree ni tu puñetera madre, ¡anda ya, gran pendejo!”.
  • Señales débiles: otro que quizás no llegue al oxímoron. Significa que lo pequeño o incipiente será transformador, que el gato bien puede ser un tigre, o que la Parte podrá transformar el Todo. Le encanta a los gurús, a los emergentes, los que se levantan un cuarto de hora antes que el resto del mundo, los que duermen con un ojo abierto, o los que llevan gafas para ver lo que nadie ve aún.
  • Caórdico: este tiende a ser un oxímoron que además se ha convertido en neologismo. Define “una cosa” y “su contraria”, es decir, pone un signo a la ambivalencia. Junta el caos y el orden. Uno suelta este oxímoron y observa cómo la audiencia levanta la cabeza y se va corriendo a Wikipedia.
  • Complacencia autosatisfecha: esta iteración es del economista Joseph Stiglitz y la ha usado reciente refiriéndose a la actitud de las élites económicas. La complacencia por sí sola ya conlleva una mirada al ombligo (¡o más abajo!), una satisfacción y un placer generado por el beneficio económico conseguido. Los economistas parecen sentirse solos, no consiguen influir en los políticos, y se retratan en los periódicos dando lecciones y haciendo pronósticos.

Tengo algunas joyas más…

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