experiencias y reflexiones sobre los sistemas sociales

El management es una disciplina a vocación esencialmente funcional y positivista. Busca a plantear modelos y recomendaciones que ayuden a las organizaciones a mejorar su competitividad y su éxito. Desde los casos y los modelos que expone, y desde los datos numéricos que aporta, el management persigue una ambición de prescripción y de persuasión, aunque tenemos que reconocer que en los sistemas sociales los comportamientos no se repiten. Como dice la letra pequeña de las instituciones financieras: “beneficios pasados no garantizan beneficios futuros”.

La cuestión que nos planteamos es si para lograr ese objetivo deseado, el management tiene que acudir a describir, a explicar, a interpretar o a una hibridación de las tres. Cuando leemos un libro de management a muchos nos sucede que nos resulta difícil comprender a qué salsa de argumentación nos le ha servido su autor. En las líneas que siguen voy a apoyarme en lo que dice el antropólogo Gérard Lenclud[1], el cual dedica el capítulo IV de su libro a aclarar las fronteras entre las tres salsas.

Describir es un acto puramente etnográfico, en la medida de lo posible sigue una línea cronológica, es decir, se describen los hechos y las situaciones tal y como aparecen “a simple vista” o “a primera vista”, sin inferir las causas plausibles. Describir es un acto bastante visual, no nos interrogamos ni sobre los “porque”, ni sobre los “cómo”. Tiene escaso valor predictivo, es como una salsa en la que nos describen los ingredientes pero no nos dicen las cantidades exactas.

Explicar es un proceso de imputación de causas (“la causa de esto es aquello”). En los sistemas sociales hay dos sistemas mayoritarios de explicación, es decir, dos formas de racionalizar:

  • Explicacion causal lineal: Mediante argumentos mas bien empíricos (indicadores, estadísticas), buscamos a explicar las causas y las consecuencias de manera a elaborar modelos deterministas que responden a la realidad. El neuro-management es una escuela que sigue la estela de las ciencias cognitivas, las cuales se apoyan en mecanismos de explicación causal lineal para hacer inteligibles los comportamientos individuales y/o corporativos. Inteligibles significa extrapolables y copiables por otras personas y/o organizaciones. Para los valedores del neuro-management todo comienza y termina en el cerebro, lo cual dice del carácter antropocéntrico de esta escuela. Ultimamente, el humano está maravillado con su propio cerebro, que ve como la fuente primigenia de todo y también como recurso para acceder a la eternidad. Esta escuela tiene la fantasía de que el management es una ciencia predictiva, con el mismo estatuto que otras ciencias de la naturaleza, y que no responde por lo tanto a intuiciones, a cartas astrales, o a cantos de sirenas ideológicos. Históricamente, se observa una colusión entre el neuro-management, las ciencias cognitivas, la explicación causal y su determinismo, y la ideología neo-liberal.
  • Explicación intencionada: Una forma alternativa de explicar es, según Lenclud, la explicación intencionada, tal y como se hace en Historia. En ella, tratamos de hacer comprensibles los motivos o intenciones que llevan la persona a actuar como actúa. Las preguntas que nos hacemos son: ¿por qué hace esto?, ¿qué fines persigue el directivo?, ¿qué medios despliega para lograr tales fines?, ¿qué relaciones caben entre medios y fines? El objetivo de la explicación intencionada sería establecer un equilibrio lógico (racional) entre los fines que persigue y los medios que despliega. A esta altura de la película, la Historia reciente de las organizaciones nos enseña que hay conductas de management que no siguen fines racionales (Enron, Arthur Andersen, B. Maadoff, Letman Brothers, Olympus, Bankia, etc.). Ahora tenemos suficientes casos para afirmar que el directivo (o el político) puede decir una cosa y hacer exactamente la contraria. No es casualidad si los valedores de la teoría crítica (escuela filosófica de Frankfurt) vuelven a estar de moda. Por todo ello, la pregunta desde el por qué (¿por qué hace esto?) nos queda corta. G. Lenclud plantea cuatro límites a la explicación intencionada:
  • No tiene valor predictivo.
  • Las causas lejanas y las próximas, las coyunturales y las estructurales, se retroalimentan mutuamente. Hoy decimos que operan desde una dinámica sistémica.
  • La explicación intencionada varía en función del corte (temporal o espacial) que hagamos de los hechos.
  • La búsqueda (inferencia) de causas es posterior al establecimiento de los hechos. Observamos que el carro está delante de los bueyes y tratamos de inferir las causas. Observamos la escena del crimen y tratamos de inferir el móvil.

Interpretar es un proceso de inserción de los hechos, las experiencias y las situaciones en un modelo o una teoría (social, política, antropológica, psicológica, organizativa). Por ejemplo:

  • Desde la teoría evolucionista diríamos que ciertas organizaciones están más desarrolladas que otras, o que ciertos paises están más desarrollados que otros.
  • Desde la teoría culturalista diríamos que ciertos comportamientos o cambios organizativos son explicados desde la cultura corporativa; la cultura corporativa es un explicador de lo demás que a su vez no admite ser explicado, al igual que sucede con el mito.
  • Desde la teoría funcionalista tratamos de legitimar el órgano o el rol desde la función; por ejemplo, los políticos crean entes o puestos legitimándoles desde la función, es como decir que la función del aire es producir viento.

La interpretación trata de comprender las circunstancias que envuelven a los hechos, por ello acude al cómo: ¿cómo es posible que suceda (o haya sucedido) tal cosa? La interpretación es como una realidad de segundo orden generada a partir de hechos, experiencias y situaciones considerados como realidad de primer orden. Esos hechos, experiencias y situaciones pueden ser presentados (“estar presentes”) o representados (“verbalizados, visualizados”).

¿A qué nivel deberemos situar el comportamiento de las organizaciones? ¿Cuando tratamos de contar algo a terceros, a qué nivel deberemos situarnos? ¿Cuánto dice el nivel usado de la modestia o la prepotencia de quien habla?

Dice G. Lenclud que “racionalizar no es explicar sino hacer comprender, que no es lo mismo” (Pág. 143). El antropólogo (¿al igual que el consultor?) elabora modelos teóricos y los utiliza para hacer inteligibles determinados comportamientos. Esos modelos anexionan números y resultados para legitimarse, lo que facilita la tarea de comprensión por parte del receptor, pero no la tarea de explicación.

Desde esta perspectiva, el consultor estaría procediendo esencialmente a una explicación intencionada cuyo objetivo, recuerdo, es  establecer un equilibrio lógico entre los fines (persuasión) que persigue y los medios que despliega (argumentos). Su argumentación desde la propuesta selectiva de indicadores y de estadísticas, y desde la propuesta también selectiva de casos de éxito (causa intencionada), mejora enormemente la tarea de comprensión del directivo-receptor, que acaba creyendo que le están dando una explicación pertinente, práctica y extrapolable a su realidad, es decir, con valor predictivo.

Esta lectura retorcida me lleva a creer que el management podría ser una disciplina en el amplio e intangible sector de la incertidumbre del cual presagié su eclosión hace años.


[1] G. Lenclud; L´universalisme ou le pari de la raison, Ediciones Gallimard, Paris, 2013.

El sentido está estrechamente vinculado con la relación simbólica e instituida entre los miembros de una comunidad, según el antropólogo Marc Augé[1]. La necesidad de sentido estaría estrechamente vinculada a nuestra necesidad de representarnos la relación con los demás.

En la relación simbólica interviene la alteridad (“mi representación de la relación con el otro”), y la identidad (“mi representación de la relación a mí mismo”). La identidad y la alteridad se constituyen en antagónicos. El sentido está en el equilibrio entre ambas. La identidad se construye desde nuestra relación a la alteridad.

El sentido social se ordena alrededor de dos ejes. En el eje de la pertenencia o de la identidad se miden las diversas identidades de clase de un individuo (). El eje de la relación o de la alteridad pone en juego las categorías más abstractas y más relativas de uno mismo y del otro, las cuales pueden ser individuales y colectivas (M. Augé (1994: 50-51).

La pareja identidad-alteridad resulta clave en la constitución del sentido. Por extensión estamos en la pareja conocimiento-reconocimiento, individuo-comunidad, “uno mismo”-“el otro”, o singular-plural.

La moral hunde sus raíces en un equilibrio entre el egoísmo (“yo primero”) y la generosidad (“la comunidad primero”). Según como sea la dinámica relacional, la creación de unidad o de integración ética puede provenir del exterior del individuo, es decir, desde el control y la imposición institucional (Ej.: los gobiernos corporativos, las políticas corporativas, los valores corporativos, los códigos de conductas), lo que conduce a una gobernanza corporativa universalista y distanciada de las personas. Al revés, esta dinámica puede tener lugar desde el debate y el diálogo en el seno de la propia comunidad, impulsando de esta manera una gobernanza local que involucra a las personas. Este es un debate ideológico muy actual en nuestras sociedades.

Desde estas premisas planteo la existencia de un ecosistema de relaciones profesionales compuesto de cuatro dinámicas relacionales en las organizaciones (ver esquema).


[1] Augé (M.) ; Le sens des autres : actualité de l´anthropologie, Fayard, París, 1994.

Cuatro dinámicas de la relación y del sentido

Tomo el caso del recien entronizado Papa Francisco I, pensando que quizás él mismo rehuya ser tal mito y añore su época de anonimato y de discreción.

El proceso de fabricación de un mito es un proceso de lenta y progresiva migración de la semántica a la semiótica. Es más lento que hacer una bechamel. Metafóricamente, la semántica es la cocina de los sentidos, mientras que la semiótica es la cocina de los signos; la primera trabaja con símbolos e imágenes y la segunda con signos y palabras. Cabe señalar por otro lado que al comienzo no había mito, había un cardenal.

En primer lugar, hay que apoyarse en un esquema postural, aquel que atribuye mayor valor y trascendencia a lo que está arriba con respecto a lo que está abajo. Arriba está la luz, la inteligencia, la brillantez, el poder. Abajo está la oscuridad, la mediocridad y la sumisión. Arriba está el cielo, y abajo el infierno.

En segundo lugar, hay que sustantivar algunos esquemas para convertirlos en arquetipos. Para que el neófito me entienda, sustantivar significa darle sustancia, de ahí el proceso de migración de algunos calificativos hacia sustantivos. Los calificativos son animales de compañía, mientras que los sustantivos son hidalgos de la lengua que tienen su marca propia. Los sustantivos en este caso se asocian a imágenes celestes de elevación y trascendencia: el cielo, la santidad, la divinidad.

En tercer lugar, pasamos a construir el símbolo, lo cual nos acerca cada vez más a la persona. Con el símbolo abandonamos el molde de la semántica (sentidos) para meternos en el de la semiótica (signos y palabras), de ahí la fragilidad en la que nos vamos a mover. En el ejemplo actual asociamos la persona a la pobreza, la humildad, la sencillez, la cercanía, etc. Enseñamos fotos del símbolo viajando en Metro, pagando la factura del hotel, haciéndose la cena, saltándose el protocolo y poniéndose plata en lugar de oro, porque el oro representa el arquetipo de la luz, la riqueza y el poder. El símbolo de Francisco de Asís es de pobreza.

Y finalmente, alimentamos una y otra vez el imaginario colectivo con esta asociación, fabricando así el mito. De oca a oca y tiro porque me toca. Ahora tú y luego yo. Chanca, chanca, chanca. La mitificación es un proceso iterativo, cuanto más se asocian estos símbolos, más significado se obtiene, más parece que es verdad. De esto se ocupan los medios de comunicación: unos repican lo dicho por otros. Nadie sabe a ciencia cierta, pero no por ello dejan de repicar. Y desde ese repicar, el mito se vuelve universal (válido para todos), intemporal (válido para cualquier época) y normativo (ejemplo a seguir).

Puesta de Sol en Udias - CantabriaEl modelo sistémico que propongo a continuación trabaja con cuatro representaciones de nuestra imaginación, cuatro cartografías, cada una de ellas está conformada por dos principios antagónicos. 

En el libro Identidad completa (A. Linares 2010) hicimos una propuesta de dos lentes antagónicas fundamentales constitutivas de nuestro imaginario. Ambas representan imágenes en oposición complementaria. La unidad compuesta de dos (díada) es un recurso propio de nuestra imaginación, de ahí su capacidad equilibradora. El relato emerge desde la inscripción de esas imágenes contrarias en la duración.

En el apéndice del libro Esencias del desarrollo directivo (A. Linares-Güemes 2011) tratamos de hilar más fino y ser más exhaustivos, yendo a cuatro propuestas de representaciones, cada una de ellas está compuesta de símbolos –imágenes y sentido- contrarios. Las representaciones contrarias apelan al carácter denso y multivalente del símbolo. Ya de paso nos ayudan a comprender el valor de la contradicción. La relación entre las imágenes antagónicas de cada representación o visión no es perfectamente simétrica, sino que se da una dominación.

Un esquema de dominación se convierte en dominante en un colectivo cuando se activa en diferentes circunstancias, tanto entre humanos como no humanos, lo que supone subyugar las otras relaciones a su propia lógica, ya sea limitando su campo de actuación, o subordinándolo a las finalidades que el esquema de dominación encarna (P. Descola 2005: 424).

Paso a describir esas representaciones:

  • Representación del género y el poder: en las organizaciones se promueven imágenes, arquetipos y políticas que dan preferencia a los héroes ambiciosos, individualistas, dominadores, analíticos, extremamente activos y dedicados, que cosechan logros, que ejercen el control rodeándose de fieles o implantando indicadores de medición, o que orientan los relatos corporativos en línea con su ambición personal. Al revés, las capacidades del círculo o capacidades matrísticas (A. Linares 2010: 79) suelen ser reprimidas. Esta representación hace que el déficit de sentido se muestre en forma de síntomas (rumor, boicot, engaño), o de utopías (conciliación, diversidad, igualdad, etc.).
  • Representación del conocimiento y la acción social: en las organizaciones prima el racionalismo frío sobre la expresión emotiva libre, el discurso numérico sobre el simbólico, el conocimiento sobre el reconocimiento, el utilitarismo sobre las demostraciones estéticas y elegantes, el materialismo sobre el ideal, el cortoplacismo del resultado sobre la visión amplia, o el egoísmo sobre el interés general. Con el tiempo, el exceso de utilitarismo llega a disecar nuestra dimensión simbólica y nuestro sentido.
  • Representación de la temporalidad: ha venido primando un sentido del progreso vinculado primero a una temporalidad lineal, y más recientemente a una temporalidad comprimida. La paradoja en la que vivimos es que cuanto más rápido vamos, menos vemos el paisaje y más perdemos el sentido de perspectiva. Podemos sentir nuestra progresión de forma positiva, significando que las cosas mejoran para nosotros a lo largo del viaje. O al revés, podemos resentirla de forma negativa, significando que las cosas empeoran para nosotros, que el tiempo se ralentiza e incluso se detiene, signo preocupante de estancamiento y de crisis. Respecto a la temporalidad cíclica, ésta puede ser más estacional, por homología esencialmente al ciclo de la Tierra y de la Luna, puede ser más biológica e incluso antropocéntrica (nace, crece, madura y muere), e incluso astral. La utopía ahora está en superar el muro del tiempo, creando una temporalidad artificial y externa al humano, mutar hacia una temporalidad discreta-discontinua, e inducir desde el exterior ciclos artificiales como sucede en las gallinas ponedoras con los ciclos de luz y de oscuridad. Pretendemos alcanzar esa utopía con el concurso de la ciencia y la tecnología. Todavía no estamos ahí, pero algunos ya tienen sus fantasías eróticas..
  • Representación de la ecología y el medio: en nuestra representación de la ecología y el medio nos resulta importante señalar dos cambios históricos. El primero es el que estuvo al origen de la edad moderna, con la progresiva escisión del humano respecto a su medio natural, es decir con el progresivo desencantamiento respecto al cosmos, reconociendo una ausencia de alma en el mismo, y el progresivo reencantamiento del humano respecto a su Yo. Desde el inicio de la industrialización hemos progresado hacia una dominación de la cultura y/o de la civilización sobre la naturaleza, reduciendo esta última a un paisaje pintoresco, un elemento decorativo, o una reserva natural. El segundo gran cambio sucederá en los años venideros y se corresponderá con una especie de confiscación de nuestra faceta más natural, desde la anulación de nuestro deseo de existir como conciencia, nuestro humanismo, nuestra temporalidad o nuestra moral, bajo los avances de la ciencia y de la tecno-utopía. El cientifismo argumentará que nuestra propia confiscación es buena para la humanidad. El transhumanismo será una amenaza para el humanismo

Es posible dilucidar dos matrices transversales en estas cuatro representaciones:

Matriz A:

  • Sensible al tiempo lineal (progreso continuo) a través de la acción, la innovación, el conocimiento y la economía. Sensible a la temporalidad comprimida. Ámbito de las utopías temporales.
  • Simbolismo del Sol. Heroísmo y lucha contra los elementos para sobreponernos al determinismo de la naturaleza (primero) y del mercado (ahora), para progresar y ascender en el ranking mundial y alcanzar el destino ideal.
  • Funcionalismo y utilitarismo: Énfasis en la finalidad práctica. Las cosas y las manifestaciones existen por su valor funcional. Todo tiene que ser justificado económicamente para ganar su derecho a existir.
  • Estructuras, imágenes y arquetipos vinculados a la dominación, la auto-conservación, el esfuerzo, la cumbre, el prestigio, la diferenciación, la capacidad, la potencia o el avance (cambio, excelencia, desempeño, competitividad, crecimiento, logro).
  • La novedad (Ej.: la creación, la innovación) es la base del progreso. La medición legitima el progreso y de paso la clasificación relativa de unos con respecto a otros. Unos aparecen más avanzados que otros en la línea del tiempo.
  • La visión viene inspirada desde la exterioridad, tiene una connotación material importante que la confunde con la misión. Puede tener componentes de visualización de un ideal o una sublimación.

Matriz B:

  • Sensible al ciclo, la renovación desde el biorritmo, la donación y el equilibrio con el entorno. Ámbito de las utopías territoriales.
  • Simbolismo de la Tierra (Gaia) y de la Luna, y su vínculo respectivo con el ciclo. Misticismo (espiritualidad), energía, presencia, durabilidad, conexión, sensibilidad.
  • Imágenes y arquetipos relativos a la auto-transcendencia, la unidad, la interdependencia o la integración: espiritualidad, ecología, biodiversidad, solidaridad, alteridad, sostenibilidad.
  • El evento nuevo tiene sentido si se integra y respeta el ciclo. La economía durable o economía del carbono es un buen ejemplo.
  • La visión emerge desde la interioridad y la humanidad. Tiene una componente moral y espiritual importante. Énfasis en la substancia, la transcendencia, la armonía, la vinculación y la conexión.

En sus excesos, la matriz A tiende a derivar hacia el economicismo, en cuanto a que la economía se posiciona como la disciplina proveedora absoluta de utopías temporales, despreciando y anulando las utopías territoriales. La economía intermedia en la relación y el proceso de constitución del sentido: el “bien-estar” o el “buen vivir” se merecen trabajando y ganando suficiente dinero, de lo contrario solo es posible “mal-vivir”. En la medida en que la técnica y la tecnología invaden de forma viral las ciencias y la vida en general, el economicismo tiende a producir mecanicismo. El sentido se asocia con el progreso hacia el éxito económico: cosechar éxito es conseguir sentido. La persona entiende el consumo como escapatoria al vacio interior.

En sus excesos, la matriz B tiende a derivar hacia el politicismo, en cuanto a que la política se posiciona como la disciplina proveedora absoluta de utopías territoriales y por tanto de ideologías nacionalistas, despreciando o anulando las utopías temporales que ambicionan un tiempo comprimido y universal o una sociedad sin sentido de comunidad, conformada exclusivamente por “ciudadanos de la competitividad”. La política se posiciona aquí como la función que amplía nuestra conciencia, intermedia la relación, aplica ética, justicia y solidaridad, delimitando lo que entiende por el “bien-estar” o el “buen vivir” en comunidad. El politicismo ambiciona un tiempo más bien local, con sus tradiciones y sus ritos. El sentido aquí se asocia con el progreso hacia una mayor autonomía territorial.

Dejamos al lector suponer las ideologías, los mitos y las utopías vinculadas a cada matriz.

Gracias a los que exploráis lo impensable, a los que tomáis el tiempo de leerme. Las buenas cosas maduran poco a poco. En 2013 habrá más!!

Antonio

Aquí hay un extracto:

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DSCN7166El modelo sistémico que presento a continuación articula la relación y el sentido en torno a seis macro-funciones simbólicas (o representaciones simbólicas) en constante interacción. Todas ellas actúan como antídotos contra la incertidumbre existencial.

La función de la utopía es actuar como potenciadora de nuestra imaginación, para darnos ilusión y esperanza en un mundo incierto. La utopía significa nuestra legítima aspiración a la dignidad merecida, está muy vinculada a nuestra aspiración y salvación, y nos une desde un tiempo idealizado. En términos de equilibrio, esta versión de la utopia puede ser futurista y prometeica, generando apertura y confianza en nuestras posibilidades. Por ejemplo, hoy día creemos en la tecno-utopía, es decir, en las posibilidades redentoras que encierra la tecnología, especialmente la tecnología digital. Alternativamente, la utopía también puede ser nostálgica porque entienda que nuestra fuente de inspiración está en el pasado, cualquier tiempo pasado fue mejor.

El concepto de utopía es, en todas las épocas, una variación sobre un presente ideal, un pasado ideal y un futuro ideal, y sobre la relación entre los tres (G. Claeyis 2011: 7).

Tanto si nuestros ideales están en el pasado, en el presente o en el futuro, el concepto de utopía tiene a menudo cierta influencia en nuestra manera de entender dicho ideal (G. Claeyis 2011: 8).

Con su reflexión sobre la utopía, el historiador G. Claeyis nos recuerda que la cuestión de la incertidumbre no es reciente en nuestras vidas. No es por lo tanto una característica específica de la economía mundializada que vivimos. La incertidumbre es una fragilidad existencial que los humanos venimos tratando de resolver también con los mitos, las religiones, las ideologías, y más recientemente con el racionalismo cuantitativo de los negocios.

Con el antropólogo F. Laplantine pasamos de la representación de la utopía nutriente de sueños y aspiraciones, al de la utopía entendida como organización social diseñada matemáticamente. Para este antropólogo la utopía no es tal porque haya una promesa de un futuro redentor que acabará recompensando nuestro esfuerzo y entrega presente. No hay una tierra prometida.

La utopía es la construcción matemática, lógica y rigurosa de una comunidad perfecta, sometida a los imperativos de una planificación absoluta que ha previsto todo de forma anticipada y no tolera el mínimo fallo ni cuestionamiento (F. Laplantine 2010: 255).

Esta segunda versión de la utopía es presentista a tope, describe la vida de la comunidad cuando ya ha alcanzado el mundo perfeccionado. El mundo que relata esta utopía es más bien un mundo racionalista, determinista y cuantificable, tal y como se fantasea desde la doctrina economicista. La comunidad se instala en un presente definitivo que hace innecesario el futuro y anula la aspiración del individuo. Ni siquiera necesitamos soñar, basta con trabajar mucho y consumir en consecuencia. La experiencia y la memoria del pasado tampoco son necesarias. La institución ya sabe lo que el individuo necesita y se ocupa de ello sin ni siquiera consultarle.

La mayoría de las utopías actuales se sitúan en el ámbito de la temporalidad. Están más impulsadas por la economía y el anclaje en las organizaciones, que por la política y el anclaje en los territorios.

La función de la ciencia es desplazar las fronteras de nuestra ignorancia. O las de nuestras certezas y nuestras verdades. La ciencia se sitúa cerca de los hechos y busca la luz en la oscuridad. La teoría instiga el pensamiento crítico de manera a inducir un progreso en el conocimiento, desde la interrogación, la conceptualización y la experimentación. El problema con la ciencia es la torre de babel que se acaba formando entorno a la mesa del conocimiento. La especialización y la tecnificación del conocimiento pueden ser tales que progresar a través de los universos y lenguajes de las diversas ciencias sea un deporte de alto riesgo. A lo largo de la historia, la ciencia y la tecnología viene manteniendo equilibrios y compromisos extraños con la ideología, la utopía, o el mito. Por ejemplo, llega a dar cobertura científica a lo que en verdad es una ideología. Otro ejemplo, la ciencia tiene por momentos la ambición absolutista de convertirse en el modelo sobre el que articular las relaciones: el cientifismo es el gobierno del mundo en nombre de la ciencia.

La ideología nos sitúa en el ámbito de las convicciones, los absolutismos y los puntos de arranque de todo lo demás. Nos permite una relación desde una reducción y una simplificación de la teoría. Es un artefacto para justificar y legitimar determinadas relaciones y decisiones político-económicas. La ideología toma de la ciencia y de la tecnología lo que le conviene, es como la cocina de multitudes en la que cocineros y comensales han perdido toda capacidad de juicio crítico, toda aspiración de veracidad, que es lo mismo que admitir que han perdido el paladar. Uno traga lo que la ideología le ponga, come incluso ruedas de molino disfrazadas de aros de cebolla rebozados. La ideología hace que a la paella le acaben poniendo colorantes en lugar de azafrán. La ideología hace que la pizza deja de ser una pasta tradicional regional para volverse un pasto universal destinado a las hordas urbanas en su trashumancia. La ideología es como un gran mercado de trueque entre libertad y seguridad: ofrecemos lo uno, predicando que ofrecemos lo otro. Desde la ideología nos manejamos en el ámbito de lo profano, es decir de lo que podemos cuestionar, explicar y mercadear; por ello aparece vinculada a lo económico, lo político y lo programático. Mantiene una función de vecindad y de equilibrio con los elixires y aromas sagrados que provienen del mito, y con la promesa que envuelve a la utopía. Todos los programas políticos son prometeicos. La ideología cumple una función holista, es decir, genera unidad identificativa. El mundo se divide ideológicamente entre los que votan carne y los que votan pescado. Los demás (vegetarianos, veganos, dietéticos, celíacos, etc.) son partidos minoritarios sin representación parlamentaria significativa. Bestias exóticas del escaparate de la diversidad de representación democrática de las ideas. Una interacción sospechosa es la que viene manteniendo la economía y la ideología, con las ambiciones absolutistas de la economía que hacen que hoy día usamos la incertidumbre y la complejidad como arma ideológica, o que se imponga la ideología de la no-ideología.

El mito se presenta para el pensamiento científico como una fantasía, una ficción, o una forma empobrecida de razonamiento. También representa el relato repetitivo de las verdades primeras (fundacionales), o el de las verdades finalistas (últimas). En este segundo caso, el mito se maneja en el ámbito de lo sagrado, es decir de lo que nos representamos como inexplicable e incuestionable, y que por lo tanto no se puede superar. El mito genera unidad, coincidencia e identificación. Este universo inexplicable e incuestionable hace que el mito sea a menudo la pareja de hecho de la ideología, para dar cobertura a la misma. El mito viene a imponer una especie de tope o límite (sagrado) a nuestra crítica y capacidad de explicación. Todo aquello que la ideología no quiere explicar como parte de sí misma, y por lo tanto como parte de un sistema profano de dominación, lo pone en manos de la explicación sagrada del mito, el cual se presenta como una mascarada para disimular la ideología. Cada vez que la ideología acude a esta función simbólica del mito se entiende que lo hace para preservar el inmovilismo y statu quo en las relaciones, y por lo tanto para preservar el sistema de dominación político-social vigente. Un cambio sistémico siempre se acompaña de un cambio de mitos.

La religión nos sitúa en el ámbito de lo sagrado, la fe y las creencias. También puede situarnos en el ámbito del recogimiento y la espiritualidad. O el encuentro con la comunidad, por eso la religión es una forma de representar la relación. La fe es proveedora de sentido, uno “cree que” o “tiene esperanza de”. Se acerca a la utopía en la medida en que su mensaje es prometeico. Y se acerca del mito en la medida en que plantea un discurso sagrado sobre el origen y el destino. La religión puede escorarse del lado de la ideología y traernos el fundamentalismo o el dogmatismo.

Finalmente, esta la realidad la cual confundimos a menudo con los hechos, la reducimos a la verdad, y la catalogamos como práctica, es decir, decimos que la realidad se opone a la virtualidad, a la ficción e incluso a la teoría. En los sistemas sociales en general, y en la relación en particular, puede darse una distorsión entre la verdad y la veracidad. Nos atamos a la veracidad porque desconfiamos de la verdad, debido a la influencia que esta podría estar teniendo de la ideología. La ideología trata de hacernos creer que la realidad es una simple carrera de obstáculos o de pruebas a superar. Por ejemplo, las escuelas de negocios están obsesionadas con desplegar cursos a base de concatenaciones de enfoques y de técnicas cuyo principal sentido es poner obstáculos materiales a superar. En nosotros puede darse un déficit de sinceridad y de exactitud que distorsione los hechos, o un filtro de la realidad desde nuestras creencias. Son reales aquellas experiencias y hechos que acontecen, aunque estas sean pasajeras. Ahora bien, los hechos pueden entrar en conflicto con la ideología, los deseos se pueden confundir con la realidad.

Nuestros relatos se elaboran desde equilibrios entre estas seis macro-funciones. La realidad puede estar impregnada de ideología o de mitos, lo cual la aleja de la veracidad. La ideología se proyecta a menudo en la utopía y se escuda en el mito. La religión se puede entremezclar con la ideología para transformarse en fanatismo. La ciencia se vuelve proveedora de utopía. O la tecnología se vuelve proveedora de tecno-utopía. Las relaciones profesionales están atravesadas por corrientes de pensamiento, doctrinas y políticas corporativas que se nutren de estas macro-funciones simbólicas.

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